Contra la autenticidad de cartón y por qué crear es una urgencia política.
Hay una sensación cronificada de llegar tarde.
No importa a qué hora te levantes, cuántos pendientes tachen tus notas del teléfono, qué tan temprano hayas empezado a responder o cuán optimizado esté tu día: el mundo va a una velocidad imposible de seguir. Y el problema no es la prisa en sí, sino la certeza de que elegimos las metas que perseguimos, sin preguntarnos si realmente es así.
Te preguntaste ¿De quién es el objetivo que te saca el sueño a las 4 de la mañana ¿Cuándo fue la última vez que definiste el éxito sin una métrica ajena?
Vivimos anestesiados por la urgencia. Muchas veces, viviendo una vida que creemos elegir, pero que, en verdad, nos han impuesto. Porque si frenamos a pensar, dudo
que alguien quiera transitar sus ideas estresado, ansioso o sintiendo que nunca es suficiente.
En ese loop, el cerebro, ese órgano magnífico, plástico, tejido a lo largo de milenios
para habitar la complejidad, dudar, aburrirse y asombrarse, queda reducido a un consumidor pasivo. Nos han convencido de que el aburrimiento es una falla del
sistema y de que ese rato muerto sin producir, sin monetizar, sin subir a una story,
es pérdida de tiempo.
Pero no es esto lo que más me preocupa a mí, lo que en verdad me hace ruido es la rebelión empaquetada, esa que es de cartón. Lo más cruel de esta época no es solo
que nos quieran iguales, repitiendo el mismo video viral, haciendo la misma música
que calcula el algoritmo o consumiendo la misma aspiración de felicidad. Lo peor es que la industria descubrió que la rebeldía vende.
Hoy hay tutoriales para ser “únicos”. Hay filtros de imperfección calculada, nichos
de autenticidad gestionados por agencias, cursos de autoayuda para comprar una identidad a medida. Nos venden la idea de ser fieles a nosotros mismos siempre y cuando esa fidelidad sea fotogénica, rinda clics o se pueda empaquetar en un reel
de 30 segundos.
Pero la verdadera diferencia incomoda. No es estética, es ética y cognitiva.
La verdadera autenticidad no busca aplauso; busca verdad.
Y la verdad casi nunca entra en un formato vertical.
El pensamiento crítico no es una opinión picante en una red social, es sostener una pregunta compleja durante días sin salir corriendo a buscar la respuesta rápida en
chat gpt. Es leer algo que cueste, dudar de lo obvio, dejar que la idea repose hasta
que duela un poco menos o signifique un poco más.
Si dejamos dormir nuestra capacidad de cuestionar, debatir, razonar y crear..
estamos aceptando que nuestra condición humana se convierta en una mercancía.
Aquí es donde aparece la conversación con la tecnología y la inteligencia artificial. Tiene sus cosas buenas, no lo vamos a negar, y el objetivo tampoco es criticar por criticar, o volvernos un haters de los avances tecnológicos y las redes sociales.
Pero hay una realidad importante y que no queremos ver: la inteligencia artificial no tiene miedo al olvido; por eso su obra es perfecta. Pero lo que trasciende es lo frágil, imperfecto… y por eso mismo, insustituible.
Crear con las manos una pieza desprolija, escribir un texto con algún error, pero con muchísimo sentimiento, bailar sin una técnica perfecta, pero con el corazón en la mano, pintar un lienzo que no es aesthetic pero es profundamente real… volver a lo crudo de la creación humana es urgente.
Crear es un acto de soberanía política. Devolverle al arte imperfecto y humano el centro de la mesa es negarse a firmar la compra de nuestra conciencia. La verdadera autenticidad no entra en un formato vertical, es la inquietud incómoda de reconocernos finitos, pensantes y capaces de crear.
Que la IA calcule la probabilidad.
Nosotros sigamos ensuciándonos las manos.

Adéntrica.
